Reseña del Capítulo 3 — Saskia Sassen
Reseña del Capítulo 3 — Saskia Sassen
La ciudad global como problema filosófico
Por Jacob Agudelo
El capítulo 3 de Una sociología de la globalización (Sassen, 2007) es, creo, el centro de gravedad del libro. Acá Sassen condensa su tesis principal —que la globalización económica no liquida el espacio sino que produce nuevas formas de concentración urbana— y al mismo tiempo abre preguntas que ya no son solo sociológicas: ¿qué tipo de espacio es una ciudad global? ¿Qué subjetividades fabrica? ¿Qué queda del lugar cuando todo parece flujo?
Sassen arranca con un gesto que ya es una declaración de principios: en vez de archivar a la Escuela de Chicago como pieza de museo, la recupera. Park y Wirth, dice, «se hallaban ante procesos de una magnitud descomunal, como la industrialización, la urbanización, la alienación y ante una nueva configuración cultural que denominaron "urbanidad"» (Sassen, 2007, p. 149). Esa urbanidad no era un sinónimo elegante de «buenos modales»: era una condición existencial producida por la densidad, el anonimato y la complejidad de la metrópoli industrial. Park y Wirth pensaron la gran ciudad moderna como un prisma donde se refractaban las transformaciones sociales de su época. Lo que Sassen propone, implícitamente, es que la ciudad global ocupa hoy ese mismo lugar teórico, pero con una diferencia decisiva: ya no es un contenedor nacional sino un nodo en una red transnacional. La urbanidad contemporánea no se define por la relación con el campo ni con el Estado, sino por la conexión con otras ciudades globales.
Conviene detenerse acá en qué entiende Sassen por «ciudad global». No es simplemente una ciudad grande o una metrópoli cualquiera: es un nodo estratégico donde se concentran las funciones de comando, control, coordinación y servicios especializados —banca de inversión, consultoría estratégica, despachos jurídicos transnacionales, auditoría— que hacen posible la operación de redes productivas y financieras geográficamente dispersas. Sassen identifica unas cuarenta ciudades que cumplen este rol: Nueva York, Londres y Tokio como tríada clásica; São Paulo, Shanghái, Dubái y Sídney como nodos emergentes. Lo importante es que la ciudad global no se define por lo que contiene —población, edificios, historia— sino por la función que cumple en una red que excede sus fronteras nacionales.
La paradoja y el andamiaje
La tesis central del capítulo tiene forma de paradoja. Contra el sentido común —y contra el entusiasmo tecnófilo de los noventa que decretó el «fin de la geografía»—, Sassen muestra que la dispersión planetaria de las actividades económicas no reduce la concentración espacial de las funciones de mando; la produce. Cuanto más se esparce una corporación por el mapa, más complejas se vuelven sus tareas de coordinación, y más depende de servicios especializados que solo prosperan en ecosistemas urbanos densos, donde existen conocimiento tácito, confianza cara a cara y combinaciones interdisciplinarias ad hoc que no viajan por fibra óptica.
Desde una perspectiva sistémica, lo que Sassen describe tiene todas las marcas de un fenómeno emergente: una propiedad del conjunto —la concentración de las funciones de mando— que no se puede deducir de las propiedades de las partes tomadas aisladamente —la dispersión de las unidades productivas— y que, una vez instaurada, retroalimenta las condiciones que la hicieron posible. La dispersión no causa concentración en sentido mecánico; la concentración emerge como patrón autoorganizado a partir de millones de decisiones descentralizadas de firmas que buscan liquidez, talento especializado y conocimiento tácito. Y ese patrón, una vez consolidado, funciona como atractor: atrae más firmas, más servicios, más talento, en un ciclo de retroalimentación positiva que no está diseñado por ningún agente en particular pero que ningún agente puede ignorar.
Sassen despliega cinco hipótesis para desarrollar esta tesis. Me detengo en tres que me parecen filosóficamente más cargadas. La hipótesis 3 sostiene que, al desregularse los mercados financieros, las empresas no se dispersan equitativamente sino que se apiñan en las plazas con mayor liquidez e infraestructura: la «libertad» del capital no distribuye, concentra. La hipótesis 4 afirma que cuanto más global es una firma, más externaliza funciones secundarias —limpieza, seguridad, mensajería— a contratistas locales, generando una economía de servicios partida en dos: lo que Sassen llama el sector sobrevalorizado (finanzas, seguros, bienes raíces, consultoría de alta gama, con salarios altísimos y conexiones globales) y el sector subvalorizado (limpieza, reparto, cuidado, manufactura degradada, con salarios ínfimos y trabajadores inmigrantes, mujeres y minorías). La hipótesis 5 cierra el círculo: esa polarización produce una economía informal que no es atraso sino respuesta adaptativa; la desregulación desde arriba (finanzas) y la desregulación desde abajo (informalidad laboral) son cómplices, no opuestas.
Lo potente de este esquema es que convierte lo que el relato neoliberal presenta como daños colaterales en rasgos constitutivos del sistema. La desigualdad no es un descuido: es una condición de funcionamiento. Sassen no cita a Marx, pero la sombra del ejército industrial de reserva es alargada. Tampoco cita a Foucault, pero la idea de que el poder no solo prohíbe sino que necesita ciertas prácticas para operar resuena con fuerza en la hipótesis 5. Y lo decisivo desde la mirada sistémica es que las cinco hipótesis no son independientes: cada una refuerza a las otras, produciendo una dinámica que es más que la suma de sus partes. El sistema se comporta con una coherencia que ninguno de sus componentes individuales —ni las corporaciones, ni los Estados, ni los trabajadores— planeó ni controla por sí solo.
Hay una dimensión del andamiaje que Sassen no aborda explícitamente pero que se desprende de su propio análisis: el costo ambiental de esta concentración. Los distritos financieros no son solo nodos en una red de información; son también consumidores voraces de energía. Un solo data center puede demandar tanta electricidad como una ciudad mediana; los sistemas de climatización de las torres corporativas, la iluminación permanente de los trading floors, los desplazamientos aéreos de las élites profesionales suman una huella de carbono que contradice cualquier discurso de «desmaterialización». La economía digital no es liviana: es pesada, material, y su peso se mide en toneladas de CO₂, en kilovatios-hora, en residuos electrónicos exportados a vertederos del sur global. La paradoja de Sassen —dispersión productiva, concentración de mando— tiene un correlato ecológico: la concentración de mando concentra también el consumo energético y la emisión de contaminantes. Y si, como ella muestra, la desigualdad social es constitutiva del sistema, también lo es la desigualdad ambiental: los beneficios de la ciudad global se privatizan; sus externalidades ecológicas se socializan, y recaen desproporcionadamente sobre los mismos cuerpos que ocupan el sector subvalorizado.
Centro y periferia como posiciones de red
Un concepto clave que Sassen introduce acá y recorre todo el libro es el de geografía de la centralidad: una red transfronteriza de centros financieros, comerciales y de servicios especializados que concentra desproporcionadamente el poder económico y la capacidad de decisión. Lo novedoso es que en la ciudad global el centro y la periferia ya no son lugares fijos: son posiciones en una red. Y esa red funciona de manera multiescalar, otro de los conceptos transversales de la autora. La multiescalaridad rompe con el modelo de escalas anidadas —local, regional, nacional, internacional, global— y propone que un mismo fenómeno opera simultáneamente en varias escalas, y que los actores pueden saltar de una a otra sin pasar por niveles intermedios.
Sassen despliega esta lógica en tres escalas simultáneas. En la escala interurbana, unas cuarenta ciudades concentran las funciones de mando mientras el resto queda fuera de los circuitos principales. En la escala intraurbana, el distrito financiero y los barrios pauperizados comparten pocos kilómetros pero universos económicos incompatibles. Y en la escala transversal —la más inquietante—, las élites de distintas ciudades globales están más conectadas entre sí que con sus propios vecinos. El centro de São Paulo tiene más en común, en flujos financieros y servicios especializados, con el centro de Nueva York que con la periferia paulista.
La consecuencia es que la centralidad ya no es un lugar sino una red de lugares. La topología relevante no es la distancia geográfica sino la intensidad de la conexión. La ciudad global perfora el territorio nacional: ya no hay escalas concéntricas anidadas —barrio, ciudad, región, nación— sino una red de nodos donde importa cuán conectado se está, no cuán cerca.
Hay acá una propiedad sistémica que conviene subrayar: esta red de centralidad no fue diseñada por ningún comité ni deriva de un plan maestro. Emerge por autoorganización a partir de decisiones de inversión, contratación y localización que ninguna entidad coordina, pero que convergen en un patrón reconocible. Y una vez que emerge, la red funciona con lógica de retroalimentación: los nodos más conectados atraen más conexiones; los que quedan por fuera, más afuera quedan. No es un equilibrio sino un proceso de diferenciación creciente, típico de los sistemas complejos lejos del equilibrio.
Lo que Sassen no tematiza —y acá el análisis pide ser extendido— es que esta geografía de la centralidad también es una geografía de la injusticia ambiental. Los barrios subvalorizados, esos que comparten pocos kilómetros con el distrito financiero pero universos económicos incompatibles, no solo reciben salarios más bajos: reciben también peor calidad del aire, menos áreas verdes por habitante, mayor exposición a islas de calor urbano, proximidad a infraestructuras contaminantes —autopistas, plantas de residuos, zonas industriales— que los barrios sobrevalorizados logran mantener a distancia mediante zonificación, presión inmobiliaria e influencia política. No es casual: la renta del suelo empuja a los sectores subvalorizados hacia las zonas ambientalmente degradadas, y la degradación ambiental deprime aún más la renta del suelo, en un ciclo que refuerza la polarización. La distancia entre el distrito financiero y la periferia pobre no se mide solo en ingresos; se mide en esperanza de vida, en tasas de asma infantil, en acceso a agua potable.
Recuperar el lugar: ontología de lo concreto
El título del capítulo insiste en recuperar el lugar. ¿Recuperarlo de qué? De la abstracción. El discurso dominante sobre la globalización —hipermovilidad del capital, aldea global, neutralización del territorio— presenta la economía global como un flujo desmaterializado. Sassen da vuelta la mirada: el capital más abstracto necesita los lugares más concretos. Necesita rascacielos, fibra óptica, trading floors, aeropuertos. Y esos lugares no están simplemente ahí: son producidos con inversión inmobiliaria, desalojos, rezonificación, obra pública. Y son disputados: los mismos espacios que el capital reclama son exigidos por residentes, movimientos sociales, vendedores ambulantes.
Hay acá una ontología del lugar que dialoga naturalmente con Heidegger (1951): el Dasein es siempre en-un-lugar, y ni siquiera la especulación financiera más abstracta puede operar sin un dónde. El trading floor no es menos lugar que la plaza del mercado medieval. Pero también dialoga con el curso: si la ciudad antigua que vimos en la primera clase —la polis griega, la civitas romana— se definía por una membrana que separaba nítidamente un dentro y un fuera, la ciudad global ha sustituido la muralla por un gradiente de renta y conectividad. La frontera no desapareció: se volvió porosa, económica, diferencial. Y si la técnica, como planteaba Ortega, es la capacidad de transformar el medio para realizar un proyecto de vida, entonces cabe preguntarse qué proyecto de vida —y de ciudad— está inscrito en las infraestructuras de la ciudad global. La fibra óptica, los data centers, los algoritmos de trading no son herramientas neutras: son condiciones de posibilidad de una forma específica de urbanidad, y como tales encarnan decisiones sobre qué vidas se hacen viables y cuáles no.
Leída con lente sistémica, esta producción del lugar revela algo que se acerca a la autopoiesis: la ciudad global como sistema produce las condiciones materiales de su propia operación. Los data centers, los aeropuertos, los distritos financieros no son externos al sistema; son tejido y producto suyo, y una vez construidos condicionan las operaciones futuras. El sistema no solo procesa información y capital: produce el espacio físico donde procesa información y capital. Y ese espacio, a su vez, selecciona qué tipo de actividades y sujetos pueden existir en él.
Pero si llevamos la ontología materialista de Sassen hasta sus últimas consecuencias, hay que añadir que la ciudad global no solo produce su espacio interno: también produce las condiciones ecológicas que lo hacen posible, y los desechos que lo seguirán cuando ese espacio mute. La materialidad de la ciudad global no se agota en los rascacielos y la fibra óptica; incluye el hormigón, el acero, el vidrio, el cobre, el litio de las baterías de respaldo, el agua de los sistemas de refrigeración, los combustibles del transporte logístico que la abastece. Cada data center es también un punto de extracción minera en algún lugar del sur global y un vertedero de residuos electrónicos en otro. La ciudad global tiene un metabolismo: ingiere materiales y energía a escalas planetarias y excreta contaminación, calor residual y desechos. Esta dimensión metabólica no es accidental ni accesoria: sin ella el sistema no podría operar, y sin embargo permanece sistemáticamente invisible en el relato oficial de la globalización como flujo inmaterial.
Sassen añade una idea políticamente crucial: lo global se constituye dentro de lo nacional. La ciudad global es la localización de lo global, y eso implica que está sujeta, al menos en parte, a marcos regulatorios nacionales. La inserción territorial de la globalización no es un dato menor: es la condición de posibilidad para regularla. Y esto vale igualmente para su dimensión ambiental: si las emisiones, los residuos y la huella ecológica de la ciudad global se materializan en lugares concretos, entonces son, al menos en principio, políticamente abordables.
Las subjetividades de la ciudad global
La ciudad global no solo contiene sujetos: los fabrica. Sassen dedica buena parte de su análisis a lo que en el conjunto del libro conceptualiza como nuevas clases globales: formaciones sociales parcialmente desnacionalizadas, es decir, cuyo horizonte de referencia y cuyos recursos materiales y simbólicos no están contenidos por el Estado-nación. Identifica tres figuras que emergen de las dinámicas descritas.
La primera es el profesional transnacional —alto ingreso, movilidad global, lealtad a la firma y a la red profesional antes que al territorio—, cuya subjetividad está moldeada por la lógica de la renta. No se identifica primariamente con una nación, pero tampoco es un «ciudadano del mundo» en sentido ilustrado: su horizonte es la renta global. La segunda es la trabajadora migrante —mujer, racializada, con estatus precario—, que sostiene con su trabajo invisible (limpieza, cuidado, catering) la infraestructura cotidiana del sector sobrevalorizado, y cuyo cuerpo es el punto exacto donde colisionan el régimen global que genera las condiciones de su migración y el régimen nacional que la vulnerabiliza. La tercera es el habitante desplazado, expulsado por la gentrificación dentro de su propia ciudad.
Lo decisivo es que estas figuras no son independientes sino estructuralmente interdependientes. La tesis más incómoda del capítulo es que el sector sobrevalorizado no funciona sin el subvalorizado. Wall Street no opera sin los trabajadores de limpieza del norte de Manhattan. La interdependencia es estructural; la visibilidad, radicalmente asimétrica.
Pensado en clave sistémica, esto significa que las subjetividades no son entidades preexistentes que el sistema «afecta» desde fuera. Son productos emergentes del acoplamiento entre flujos globales y anclajes locales. El profesional transnacional no existiría sin la red de ciudades globales que le ofrece movilidad y renta; la trabajadora migrante no existiría sin la polarización que empuja ciertos cuerpos hacia el trabajo invisible y precario; el desplazado no existiría sin la presión inmobiliaria que recalibra el valor del suelo. Las tres figuras son del sistema, no accidentes suyos.
Y acá la cuestión ambiental añade un matiz importante. La trabajadora migrante no solo ocupa el escalón más bajo de la jerarquía salarial: ocupa también los espacios urbanos más expuestos a la contaminación, al calor extremo, a la falta de saneamiento. El habitante desplazado por la gentrificación no es solamente expulsado del centro por la renta: es empujado hacia periferias que con frecuencia son zonas de sacrificio ambiental —sin transporte público adecuado, sin áreas verdes, con suelos contaminados o próximas a infraestructuras de alto impacto—. El profesional transnacional, en cambio, habita enclaves climáticamente controlados, respira aire filtrado, consume alimentos importados y se desplaza en vehículos privados. La polarización económica es también una polarización de la exposición al riesgo ambiental. Las tres figuras no solo tienen ingresos distintos: tienen metabolismos distintos, atmósferas distintas, futuros climáticos distintos.
Fenomenológicamente, esto significa que la ciudad global no es una ciudad sino una superposición de ciudades que no se tocan. El mismo barrio es vivido de maneras inconmensurables por el banquero de inversión y por la empleada doméstica migrante. Es inevitable acordarse de las ciudades dobles de Calvino (1972): Despina es una ciudad para el camellero y otra para el marinero. La ciudad global de Sassen también es múltiple —la ciudad reluciente del trader, la ciudad precaria de la trabajadora migrante—, pero con una diferencia: en Calvino la duplicidad es poética; en Sassen es estructural y es política. Y si añadimos la capa ambiental, la duplicidad se vuelve triple: la ciudad del aire acondicionado frente a la ciudad de la isla de calor; la ciudad que se protege del clima frente a la ciudad que lo padece.
El giro político
El capítulo cierra con una apertura que vale la pena leer con cuidado. Sassen sugiere que la ciudad global, precisamente porque concentra y vuelve visibles las contradicciones de la globalización, puede funcionar como territorio de nuevos alineamientos políticos. Para entender esta posibilidad hace falta el quinto concepto transversal: la desnacionalización.
Sassen entiende por desnacionalización un proceso parcial, selectivo y especializado por el cual componentes concretos del aparato estatal —normas, instituciones, políticas— dejan de operar bajo la lógica histórica del «interés nacional» y pasan a orientarse hacia las exigencias del capital global. No equivale a la desaparición del Estado ni a su debilitamiento; es una reorientación interna de sus funciones. El Estado no se retira: desregula activamente, privatiza, crea el marco jurídico para que el capital fluya sin fricción.
Lo paradójico es que este debilitamiento del Estado-nación como contenedor de lo social libera a los actores locales de la mediación exclusiva del marco nacional. La trabajadora migrante, el habitante desplazado, el vendedor ambulante informal pueden articular sus demandas en un espacio que ya no pasa obligatoriamente por el Estado. La ciudad se vuelve un foro donde lo local y lo global se tocan sin que lo nacional oficie de intermediario.
Desde la teoría de sistemas, esta posibilidad política tiene la forma de una propiedad emergente: no está en ninguna parte del diseño institucional. El sistema de la ciudad global no fue concebido para albergar nuevas formas de acción política; al contrario, fue concebido —en la medida en que algo así pueda decirse de un orden que nadie diseñó enteramente— para maximizar la fluidez del capital. Pero las contradicciones que el propio sistema genera —polarización, informalidad, desnacionalización— producen efectos que desbordan su lógica. La posibilidad política emerge de las tensiones internas del sistema, no de una instancia exterior que lo impugne desde fuera. Y esto es relevante porque sugiere que la resistencia no necesita un afuera puro: puede montarse sobre las mismas infraestructuras materiales y normativas que sostienen el orden que impugna.
Creo que acá la cuestión ambiental añade una capa que vuelve aún más concreta la intuición de Sassen. Las luchas por justicia ambiental urbana son quizás el ejemplo más nítido de esa política multiescalar que ella describe: movimientos que defienden un humedal, una cuenca, un cerro o un parque barrial están enraizadísimos en un lugar concreto, en una escala estrictamente local, pero al mismo tiempo conectan con redes globales de justicia climática, comparten estrategias con comunidades en otras ciudades, y enfrentan a actores —corporaciones inmobiliarias, fondos de inversión, cadenas logísticas— que operan en la misma lógica multiescalar que Sassen teoriza. La defensa de un parque en Estambul, la resistencia a un aeropuerto en Ciudad de México, la lucha contra la privatización del agua en Cochabamba no son localismos: son intervenciones locales en una red global, y usan la misma infraestructura digital que las élites transnacionales pero para fines opuestos. El arraigo no los encierra; les da el punto de apoyo desde el cual impugnar el sistema.
Sassen es cuidadosa: esto no es una política cosmopolita en el sentido ilustrado. Los actores desfavorecidos no son «ciudadanos del mundo» flotantes. Están arraigadísimos en sus barrios, sus comunidades, sus redes de parentesco. Pero ese arraigo no los encierra. Las redes digitales, las conexiones diaspóricas y la misma infraestructura de la ciudad global les permiten operar en escalas múltiples: luchas locales en su anclaje, globales en su alcance. La ciudad global, entonces, no es solo el escenario de la desigualdad y de la injusticia ambiental: es también, potencialmente, el terreno de su impugnación.
Cierre
Creo que el capítulo deja al menos tres lecciones para pensar filosóficamente la ciudad. La primera es ontológica: la ciudad no es un objeto delimitado sino un campo de fuerzas multiescalar, y pensarla exige abandonar la ontología del contenedor por una ontología de la red —y, añadiría, por una ontología de los sistemas emergentes, donde las propiedades del conjunto no se reducen a las de las partes y donde el orden visible no es el resultado de un diseño sino de dinámicas de autoorganización y retroalimentación—. La segunda es política: la geografía de la centralidad no es natural; es el resultado de decisiones que benefician a unos y perjudican a otros, y por tanto puede ser disputada. Y esto incluye la geografía ambiental: la distribución de la contaminación, el acceso al verde urbano y la exposición al riesgo climático tampoco son naturales; son producidos y, como tales, políticamente disputables. La tercera es existencial: la urbanidad contemporánea es una coexistencia de mundos inconmensurables que comparten el espacio sin habitarlo juntos, y la dimensión ambiental vuelve esa inconmensurabilidad literalmente corporal: no respiran el mismo aire, no soportan la misma temperatura, no comparten el mismo metabolismo con el planeta.
Sassen no ofrece soluciones ni un programa. Ofrece algo más útil: una descripción densa de las fuerzas que producen el espacio urbano contemporáneo y una caja de herramientas para pensarlas. Y lo que su análisis permite entrever —aunque ella no use ese vocabulario— es que la ciudad global se comporta como un sistema complejo, con propiedades emergentes que ningún actor controla, con contradicciones que el propio sistema produce y que eventualmente pueden volverse contra él, y con una huella ecológica que desmiente el mito de la desmaterialización. Lo que se haga con ese diagnóstico queda abierto. Como debe ser.
Referencias
Berman, M. (1988). Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad. Siglo XXI.
Calvino, I. (1972). Las ciudades invisibles. Einaudi.
Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar. En Conferencias y artículos (pp. 127-142). Serbal.
Sassen, S. (2007). Una sociología de la globalización. Katz Editores.